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El Quijote
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α Día 2015-12-07 ω
13152 -Así es verdad -respondió Sancho-, pero, con todo eso, la descubrí por un ladito, y la vi toda.

-Mirad, Sancho -dijo
13153la duquesa-, que por un ladito no se vee el todo de lo que se mira.

-Yo no esas miradas -replicó Sancho-: sólo que
13154será bien que vuestra señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento podía yo ver toda la tierra y 13155 todos los hombres por doquiera que los mirara; y si esto no se me cree, tampoco creerá vuestra merced cómo, descubriéndome 13156 por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo que no había de a él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía 13157, que es muy grande además. Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete cabrillas; y en Dios y en mi ánima que, 13158como yo en mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las vi, ¡me dio una gana de entretenerme con ellas un rato...! 13159 Y si no le cumpliera me parece que reventara. Vengo, pues, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor 13160tampoco, bonita y pasitamente me apeé de Clavileño, y me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhelíes y como 13161unas flores, casi tres cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un lugar, ni pasó adelante.

-Y, en tanto que el buen
13162Sancho se entretenía con las cabras -preguntó el duque-, ¿en qué se entretenía el señor don Quijote?

A lo que don Quijote
13163 respondió:

-Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural, no es mucho que Sancho diga lo que
13164 dice. De decir que ni me descubrí por alto ni por bajo, ni vi el cielo ni la tierra, ni la mar ni las arenas. Bien 13165es verdad que sentí que pasaba por la región del aire, y aun que tocaba a la del fuego; pero que pasásemos de allí no lo 13166puedo creer, pues, estando la región del fuego entre el cielo de la luna y la última región del aire, no podíamos llegar al 13167 cielo donde están las siete cabrillas que Sancho dice, sin abrasarnos; y, pues no nos asuramos, o Sancho miente o Sancho 13168sueña.

-Ni miento ni sueño -respondió Sancho-: si no, pregúntenme las señas de las tales cabras, y por ellas verán si
13169digo verdad o no.

-Dígalas, pues, Sancho -dijo la duquesa.

-Son -respondió Sancho- las dos verdes, las dos encarnadas,
13170las dos azules, y la una de mezcla.

-Nueva manera de cabras es ésa -dijo el duque-, y por esta nuestra región del suelo
13171no se usan tales colores; digo, cabras de tales colores.

-Bien claro está eso -dijo Sancho-; , que diferencia ha de
13172haber de las cabras del cielo a las del suelo.

-Decidme, Sancho -preguntó el duque-: ¿vistes allá en entre esas cabras
13173algún cabrón?

-No, señor -respondió Sancho-, pero decir que ninguno pasaba de los cuernos de la luna.

No quisieron
13174preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba Sancho hilo de pasearse por todos los cielos, y dar nuevas de 13175cuanto allá pasaba, sin haberse movido del jardín.

En resolución, éste fue el fin de la aventura de la dueña Dolorida,
13176que dio que reír a los duques, no sólo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que contar a Sancho siglos, si los viviera; 13177 y, llegándose don Quijote a Sancho, al oído le dijo:

-Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el
13178cielo, yo quiero que vos me creáis a lo que vi en la cueva de Montesinos; y no os digo más.





Capítulo XLII. De
13179 los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas