El Quijote
en 17000 tuits
14608mal el pobre gobernador, el cual, en aquella estrecheza recogido, sudaba y trasudaba, y de todo corazón se encomendaba a 14609Dios que de aquel peligro le sacase.
Unos tropezaban en él, otros caían, y tal hubo que se puso encima un buen espacio, y 14610 desde allí, como desde atalaya, gobernaba los ejércitos, y a grandes voces decía:
-¡Aquí de los nuestros, que por esta 14611parte cargan más los enemigos! ¡Aquel portillo se guarde, aquella puerta se cierre, aquellas escalas se tranquen! ¡Vengan 14612alcancías, pez y resina en calderas de aceite ardiendo! ¡Trinchéense las calles con colchones!
En fin, él nombraba con 14613todo ahínco todas las baratijas e instrumentos y pertrechos de guerra con que suele defenderse el asalto de una ciudad, y el 14614 molido Sancho, que lo escuchaba y sufría todo, decía entre sí:
-¡Oh, si mi Señor fuese servido que se acabase ya de 14615perder esta ínsula, y me viese yo o muerto o fuera desta grande angustia!
Oyó el cielo su petición, y, cuando menos lo 14616esperaba, oyó voces que decían:
-¡Vitoria, vitoria! ¡Los enemigos van de vencida! ¡Ea, señor gobernador, levántese vuesa 14617 merced y venga a gozar del vencimiento y a repartir los despojos que se han tomado a los enemigos, por el valor dese 14618invencible brazo!
-Levántenme -dijo con voz doliente el dolorido Sancho.
Ayudáronle a levantar, y, puesto en pie, dijo 14619:
-El enemigo que yo hubiere vencido quiero que me le claven en la frente. Yo no quiero repartir despojos de enemigos, 14620sino pedir y suplicar a algún amigo, si es que le tengo, que me dé un trago de vino, que me seco, y me enjugue este sudor, 14621que me hago agua.
Limpiáronle, trujéronle el vino, desliáronle los paveses, sentóse sobre su lecho y desmayóse del temor, 14622 del sobresalto y del trabajo. Ya les pesaba a los de la burla de habérsela hecho tan pesada; pero el haber vuelto en sí 14623Sancho les templó la pena que les había dado su desmayo. Preguntó qué hora era, respondiéronle que ya amanecía. Calló, y, 14624sin decir otra cosa, comenzó a vestirse, todo sepultado en silencio, y todos le miraban y esperaban en qué había de parar 14625la priesa con que se vestía. Vistióse, en fin, y poco a poco, porque estaba molido y no podía ir mucho a mucho, se fue a la 14626caballeriza, siguiéndole todos los que allí se hallaban, y, llegándose al rucio, le abrazó y le dio un beso de paz en la 14627frente, y, no sin lágrimas en los ojos, le dijo:
-Venid vos acá, compañero mío y amigo mío, y conllevador de mis trabajos 14628 y miserias: cuando yo me avenía con vos y no tenía otros pensamientos que los que me daban los cuidados de remendar 14629vuestros aparejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero, después que os 14630dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil 14631trabajos y cuatro mil desasosiegos.
Y, en tanto que estas razones iba diciendo, iba asimesmo enalbardando el asno, sin 14632que nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el rucio, con gran pena y pesar subió sobre él, y, encaminando sus palabras y 14633razones al mayordomo, al secretario, al maestresala y a Pedro Recio el doctor, y a otros muchos que allí presentes estaban, 14634 dijo:
-Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, 14635para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los
▼