El Quijote
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11918caballeriza, porque el pobrecito es un poco medroso, y no se hallará a estar solo en ninguna de las maneras.
-Si tan 11919discreto es el amo como el mozo -respondió la dueña-, ¡medradas estamos! Andad, hermano, mucho de enhoramala para vos y para 11920 quien acá os trujo, y tened cuenta con vuestro jumento, que las dueñas desta casa no estamos acostumbradas a semejantes 11921haciendas.
-Pues en verdad -respondió Sancho- que he oído yo decir a mi señor, que es zahorí de las historias, contando 11922aquella de Lanzarote,
cuando de Bretaña vino,
que damas curaban dél,
y dueñas del su rocino;
y que en el 11923particular de mi asno, que no le trocara yo con el rocín del señor Lanzarote.
-Hermano, si sois juglar -replicó la dueña- 11924, guardad vuestras gracias para donde lo parezcan y se os paguen, que de mi no podréis llevar sino una higa.
-¡Aun bien 11925-respondió Sancho- que será bien madura, pues no perderá vuesa merced la quínola de sus años por punto menos!
-Hijo de 11926puta -dijo la dueña, toda ya encendida en cólera-, si soy vieja o no, a Dios daré la cuenta, que no a vos, bellaco, harto de 11927 ajos.
Y esto dijo en voz tan alta, que lo oyó la duquesa; y, volviendo y viendo a la dueña tan alborotada y tan 11928encarnizados los ojos, le preguntó con quién las había.
-Aquí las he -respondió la dueña- con este buen hombre, que me ha 11929 pedido encarecidamente que vaya a poner en la caballeriza a un asno suyo que está a la puerta del castillo, trayéndome por 11930 ejemplo que así lo hicieron no sé dónde, que unas damas curaron a un tal Lanzarote, y unas dueñas a su rocino, y, sobre 11931todo, por buen término me ha llamado vieja.
-Eso tuviera yo por afrenta -respondió la duquesa-, más que cuantas pudieran 11932decirme.
Y, hablando con Sancho, le dijo:
-Advertid, Sancho amigo, que doña Rodríguez es muy moza, y que aquellas 11933tocas más las trae por autoridad y por la usanza que por los años.
-Malos sean los que me quedan por vivir -respondió 11934Sancho-, si lo dije por tanto; sólo lo dije porque es tan grande el cariño que tengo a mi jumento, que me pareció que no 11935podía encomendarle a persona más caritativa que a la señora doña Rodríguez.
Don Quijote, que todo lo oía, le dijo:
-¿ 11936Pláticas son éstas, Sancho, para este lugar?
-Señor -respondió Sancho-, cada uno ha de hablar de su menester dondequiera 11937que estuviere; aquí se me acordó del rucio, y aquí hablé dél; y si en la caballeriza se me acordara, allí hablara.
A lo 11938que dijo el duque:
-Sancho está muy en lo cierto, y no hay que culparle en nada; al rucio se le dará recado a pedir de 11939boca, y descuide Sancho, que se le tratará como a su mesma persona.
Con estos razonamientos, gustosos a todos sino a don 11940Quijote, llegaron a lo alto y entraron a don Quijote en una sala adornada de telas riquísimas de oro y de brocado; seis 11941doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes, todas industriadas y advertidas del duque y de la duquesa de lo que habían de 11942hacer, y de cómo habían de tratar a don Quijote, para que imaginase y viese que le trataban como caballero andante. Quedó 11943don Quijote, después de desarmado, en sus estrechos greguescos y en su jubón de camuza, seco, alto, tendido, con las 11944quijadas, que por de dentro se besaba la una con la otra; figura que, a no tener cuenta las doncellas que le servían con 11945disimular la risa -que fue una de las precisas órdenes que sus señores les habían dado-, reventaran riendo.
Pidiéronle 11946que se dejase desnudar para una camisa, pero nunca lo consintió, diciendo que la honestidad parecía tan bien en los
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