El Quijote
en 17000 tuits
11806remedie, que todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más.
Y, alzando la voz, 11807prosiguió diciendo, y mirando a las aceñas:
-Amigos, cualesquiera que seáis, que en esa prisión quedáis encerrados, 11808perdonadme; que, por mi desgracia y por la vuestra, yo no os puedo sacar de vuestra cuita. Para otro caballero debe de estar 11809 guardada y reservada esta aventura.
En diciendo esto, se concertó con los pescadores, y pagó por el barco cincuenta 11810reales, que los dio Sancho de muy mala gana, diciendo:
-A dos barcadas como éstas, daremos con todo el caudal al fondo. 11811Los pescadores y molineros estaban admirados, mirando aquellas dos figuras tan fuera del uso, al parecer, de los otros 11812hombres, y no acababan de entender a dó se encaminaban las razones y preguntas que don Quijote les decía; y, teniéndolos 11813por locos, les dejaron y se recogieron a sus aceñas, y los pescadores a sus ranchos. Volvieron a sus bestias, y a ser 11814bestias, don Quijote y Sancho, y este fin tuvo la aventura del encantado barco.
Capítulo XXX. De lo que le avino 11815a don Quijote con una bella cazadora
Asaz melancólicos y de mal talante llegaron a sus animales caballero y escudero, 11816especialmente Sancho, a quien llegaba al alma llegar al caudal del dinero, pareciéndole que todo lo que dél se quitaba era 11817quitárselo a él de las niñas de sus ojos. Finalmente, sin hablarse palabra, se pusieron a caballo y se apartaron del famoso 11818 río, don Quijote sepultado en los pensamientos de sus amores, y Sancho en los de su acrecentamiento, que por entonces le 11819parecía que estaba bien lejos de tenerle; porque, maguer era tonto, bien se le alcanzaba que las acciones de su amo, todas o 11820 las más, eran disparates, y buscaba ocasión de que, sin entrar en cuentas ni en despedimientos con su señor, un día se 11821desgarrase y se fuese a su casa. Pero la fortuna ordenó las cosas muy al revés de lo que él temía.
Sucedió, pues, que 11822otro día, al poner del sol y al salir de una selva, tendió don Quijote la vista por un verde prado, y en lo último dél vio 11823gente, y, llegándose cerca, conoció que eran cazadores de altanería. Llegóse más, y entre ellos vio una gallarda señora 11824sobre un palafrén o hacanea blanquísima, adornada de guarniciones verdes y con un sillón de plata. Venía la señora asimismo 11825 vestida de verde, tan bizarra y ricamente que la misma bizarría venía transformada en ella. En la mano izquierda traía un 11826azor, señal que dio a entender a don Quijote ser aquélla alguna gran señora, que debía serlo de todos aquellos cazadores, 11827como era la verdad; y así, dijo a Sancho:
-Corre, hijo Sancho, y di a aquella señora del palafrén y del azor que yo, el 11828Caballero de los Leones, besa las manos a su gran fermosura, y que si su grandeza me da licencia, se las iré a besar, y a 11829servirla en cuanto mis fuerzas pudieren y su alteza me mandare. Y mira, Sancho, cómo hablas, y ten cuenta de no encajar 11830algún refrán de los tuyos en tu embajada.
-¡Hallado os le habéis el encajador! -respondió Sancho-. ¡A mí con eso! ¡Sí, 11831que no es ésta la vez primera que he llevado embajadas a altas y crecidas señoras en esta vida!
-Si no fue la que 11832llevaste a la señora Dulcinea -replicó don Quijote-, yo no sé que hayas llevado otra, a lo menos en mi poder.
-Así es 11833verdad -respondió Sancho-, pero al buen pagador no le duelen prendas, y en casa llena presto se guisa la cena; quiero decir
▼