El Quijote
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4579. Y, como el cura dijese que los libros de caballerías que don Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el 4580ventero: -No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no hay mejor letrado en el mundo, y que 4581tengo ahí dos o tres dellos, con otros papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros muchos. 4582Porque, cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas, muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, 4583el cual coge uno destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto que nos 4584 quita mil canas; a lo menos, de mí sé decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros 4585pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días. -Y yo ni más ni menos -dijo la 4586ventera-, porque nunca tengo buen rato en mi casa sino aquel que vos estáis escuchando leer: que estáis tan embobado, que no 4587 os acordáis de reñir por entonces. -Así es la verdad -dijo Maritornes-, y a buena fe que yo también gusto mucho de oír 4588aquellas cosas, que son muy lindas; y más, cuando cuentan que se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su 4589caballero, y que les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho sobresalto. Digo que todo esto es 4590cosa de mieles. -Y a vos ¿qué os parece, señora doncella? -dijo el cura, hablando con la hija del ventero. -No sé, señor, 4591en mi ánima -respondió ella-; también yo lo escucho, y en verdad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en oíllo; pero 4592no gusto yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los caballeros hacen cuando están ausentes de 4593 sus señoras: que en verdad que algunas veces me hacen llorar de compasión que les tengo. -Luego, ¿bien las remediárades vos 4594, señora doncella -dijo Dorotea-, si por vos lloraran? -No sé lo que me hiciera -respondió la moza-; sólo sé que hay algunas 4595 señoras de aquéllas tan crueles, que las llaman sus caballeros tigres y leones y otras mil inmundicias. Y, ¡Jesús!, yo no 4596sé qué gente es aquélla tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado, le dejan que se muera, o 4597que se vuelva loco. Yo no sé para qué es tanto melindre: si lo hacen de honradas, cásense con ellos, que ellos no desean 4598otra cosa. -Calla, niña -dijo la ventera-, que parece que sabes mucho destas cosas, y no está bien a las doncellas saber ni 4599hablar tanto. -Como me lo pregunta este señor -respondió ella-, no pude dejar de respondelle. -Ahora bien -dijo el cura-, 4600traedme, señor huésped, aquesos libros, que los quiero ver. -Que me place -respondió él. Y, entrando en su aposento, sacó 4601dél una maletilla vieja, cerrada con una cadenilla, y, abriéndola, halló en ella tres libros grandes y unos papeles de muy 4602buena letra, escritos de mano. El primer libro que abrió vio que era Don Cirongilio de Tracia; y el otro, de Felixmarte de 4603Hircania; y el otro, la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de Diego García de Paredes. Así 4604como el cura leyó los dos títulos primeros, volvió el rostro al barbero y dijo: -Falta nos hacen aquí ahora el ama de mi 4605amigo y su sobrina. -No hacen -respondió el barbero-, que también sé yo llevallos al corral o a la chimenea; que en verdad 4606que hay muy buen fuego en ella. -Luego, ¿quiere vuestra merced quemar más libros? -dijo el ventero. -No más -dijo el cura- 4607que estos dos: el de Don Cirongilio y el de Felixmarte. -Pues, ¿por ventura -dijo el ventero- mis libros son herejes o
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