(c) 2014-15 Diego Buendía
El Quijote
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α Día 2015-01-09 ω
3710traidor don Fernando, robador de mi gloria, muerte de mi vida! ¿Qué quieres? ¿Qué pretendes? Considera que no puedes 3711cristianamente llegar al fin de tus deseos, porque Luscinda es mi esposa y yo soy su marido''. ¡Ah, loco de , ahora que 3712estoy ausente y lejos del peligro, digo que había de hacer lo que no hice! ¡Ahora que dejé robar mi cara prenda, maldigo al 3713robador, de quien pudiera vengarme si tuviera corazón para ello como le tengo para quejarme! En fin, pues fui entonces 3714cobarde y necio, no es mucho que muera ahora corrido, arrepentido y loco. »Estaba esperando el cura la respuesta de Luscinda 3715, que se detuvo un buen espacio en darla, y, cuando yo pensé que sacaba la daga para acreditarse, o desataba la lengua para 3716decir alguna verdad o desengaño que en mi provecho redundase, oigo que dijo con voz desmayada y flaca: '' quiero''; y lo 3717mesmo dijo don Fernando; y, dándole el anillo, quedaron en disoluble nudo ligados. Llegó el desposado a abrazar a su esposa, 3718y ella, poniéndose la mano sobre el corazón, cayó desmayada en los brazos de su madre. Resta ahora decir cuál quedé yo 3719viendo, en el que había oído, burladas mis esperanzas, falsas las palabras y promesas de Luscinda: imposibilitado de 3720cobrar en algún tiempo el bien que en aquel instante había perdido. Quedé falto de consejo, desamparado, a mi parecer, de 3721todo el cielo, hecho enemigo de la tierra que me sustentaba, negándome el aire aliento para mis suspiros y el agua humor 3722para mis ojos; sólo el fuego se acrecentó de manera que todo ardía de rabia y de celos. »Alborotáronse todos con el desmayo 3723de Luscinda, y, desabrochándole su madre el pecho para que le diese el aire, se descubrió en él un papel cerrado, que don 3724Fernando tomó luego y se le puso a leer a la luz de una de las hachas; y, en acabando de leerle, se sentó en una silla y se 3725puso la mano en la mejilla, con muestras de hombre muy pensativo, sin acudir a los remedios que a su esposa se hacían para 3726que del desmayo volviese. Yo, viendo alborotada toda la gente de casa, me aventuré a salir, ora fuese visto o no, con 3727determinación que si me viesen, de hacer un desatino tal, que todo el mundo viniera a entender la justa indignación de mi 3728pecho en el castigo del falso don Fernando, y aun en el mudable de la desmayada traidora. Pero mi suerte, que para mayores 3729males, si es posible que los haya, me debe tener guardado, ordenó que en aquel punto me sobrase el entendimiento que después 3730 acá me ha faltado; y así, sin querer tomar venganza de mis mayores enemigos (que, por estar tan sin pensamiento mío, fuera 3731fácil tomarla), quise tomarla de mi mano y ejecutar en la pena que ellos merecían; y aun quizá con más rigor del que con 3732ellos se usara si entonces les diera muerte, pues la que se recibe repentina presto acaba la pena; mas la que se dilata con 3733tormentos siempre mata, sin acabar la vida. »En fin, yo salí de aquella casa y vine a la de aquél donde había dejado la mula 3734; hice que me la ensillase, sin despedirme dél subí en ella, y salí de la ciudad, sin osar, como otro Lot, volver el rostro a 3735 miralla; y cuando me vi en el campo solo, y que la escuridad de la noche me encubría y su silencio convidaba a quejarme, 3736sin respeto o miedo de ser escuchado ni conocido, solté la voz y desaté la lengua en tantas maldiciones de Luscinda y de don 3737 Fernando, como si con ellas satisficiera el agravio que me habían hecho. Dile títulos de cruel, de ingrata, de falsa y 3738desagradecida; pero, sobre todos, de codiciosa, pues la riqueza de mi enemigo la había cerrado los ojos de la voluntad, para